El papel de los medios de desinformación en nuestro posible fracaso como generación política

Día tras día me asalta la misma reflexión cuando me asomo a la pantalla y leo titular tras titular cómo los medios de comunicación (de desinformación y manipulación) , al servicio del poder económico y financiero, ensucian, tergiversan y manipulan las opiniones políticas de las personas que están liderando los diferentes proyectos que se sitúan frente al conceptualizado Régimen del 78, para sobrepasarlo y construir un nuevo marco de relaciones en el estado español.

Sucede que el escenario político en el que nos movemos es un escenario “mediatizado”, es decir, que el terreno de la política ha pasado a jugarse en el terreno de los medios de comunicación, o al menos un porcentaje tan alto que lo convierte en determinante. Y en ese terreno compañeras y compañeros, no somos quienes tenemos esa voluntad de cambio, quienes estamos en disposición de garantizar la transparencia y veracidad de las informaciones que aparecen.

Estamos ante un escenario muy complejo, que como se ha dicho en más de una ocasión requiere de audacia, inteligencia y mucha imaginación. Estas características que puestas en un titular quedan de lujo, tienen su traslación diaria en pequeñas actitudes que en función de cómo las enfoquemos nos conducirán aun escenario o a otro.

Lamentablemente hemos de partir de la base de que en, lo que históricamente se ha denominado, la izquierda existen prácticas “malsanas” que no favorecen el encuentro con otros y otras:  El rencor, las ganas de venganza política, la arrogancia, el sectarismo, el paternalismo,  la prepotencia, la competitividad son elementos que están demasiado presentes en las culturas políticas de las fuerzas que sustentan discursos renovadores, reformistas o revolucionarios.

Con todos estos contra-valores presentes en nuestras organizaciones (en las nuevas y en las no tan nuevas), el cheque en blanco que les entregamos a los medios de comunicación, al servicio del poder económico y financiero, es ilimitado. Estas formas de afrontar las relaciones entre proyectos “superadores de las formas de opresión actuales”, trufadas de contravalores malsanos, son conocidas por quienes desde sus despachos diseñan las campañas mediáticas para denostar a un determinada candidata o para confrontar a organizaciones “hermanas”, y las utilizan con una eficacia abrumadora.

En este contexto toman especial relevancia los discursos y actitudes de aquellas personas que están ejerciendo un papel de liderazgo en todos y cada uno de los procesos abiertos. Ya que éstos juegan un papel determinante en la configuración de los escenarios futuros. Y es en este punto cuando la audacia y la inteligencia han de tomar cuerpo en forma de discurso pro-convergencia.

De la misma forma toma especial relevancia como interpretamos una determinada afirmación. Ésta la hacemos desde nuestros anclajes ideológicos, desde nuestros estados de ánimo, desde nuestra concepción del marco general, pero no necesariamente ha de corresponderse con la voluntad de lo expresado por el otro o por la otra, y mucho menos cuando esa interpretación pasa a través del filtro de nuestros adversarios políticos en formatos de titular o crónica de una declaración. Ahí es donde hemos de sobreponernos y concebir que el objetivo común es mucho más valioso que nuestra voluntad de hacer valer nuestra opción. Es decir, hemos de valorizar permanentemente los nexos en común, ya que son los únicos que van a posibilitar el necesario encuentro, el necesario acercamiento de quienes tenemos la voluntad de cambio intacta.

Con esta reflexión no pretendo aleccionar a nadie, sino más bien desde la humildad y con el ánimo de contribuir a una situación de excepción como en la que nos encontramos actualmente, señalar aquellos aspectos que pueden determinar el éxito de una estrategia colectiva de convergencia creciente. Porque parto de la base de que ninguna fuerza, repito, ninguna fuerza por si misma va a ser capaz de darle la vuelta a la situación actual.