Identidad ideológica vs Estrategia política, una falsa contraposición.

Esta próximas elecciones se presentan al final de un exhausto ciclo electoral, para quien lo vivimos desde fuera de la dinámica partidista, y observo que más, si cabe, para quienes lo viven desde sus entrañas. No es de extrañar que en esta última etapa, de aquí al 20D, en la que culmina el ciclo, aflore con  mayor claridad uno de los elementos que más dificultad han aportado al proceso “rupturista”, hasta el punto de ponerlo en peligro. Me refiero a la disyuntiva entre quienes hacen de su discurso político la valorización de la identidad versus quienes supeditan ésta a una estrategia de acumulación de fuerzas (y rearme ideológico) para derrotar el neoliberalismo.

Desgraciadamente el debate se da en términos agresivos, descalificativos, jerárquicos, patriarcales, se da en términos de competencia, donde la opinión expresada independientemente de ser válida por si misma, busca la descalificación del otro o otra, anteponiendo la expresión descalificadora a la descriptiva. Y esto daña el debate, daña las relaciones y daña al conjunto.

Soy una persona que vivo, voluntariamente, rodeado de símbolos y referencias de quienes a lo largo de la historia han aportado toda o partes de sus vidas, a que hoy tengamos las condiciones de vida que tenemos. A mi hijo lo hemos llamado Hugo (por el eterno Comandante), hago mía la bandera republicana (cuelga de una pared en mi casa), me llamo Carles (gracias a ese tal Karl que escribió un libro que por título lleva “El Capital”), le canto a mi hijo Grandola Vila Morena, Bella Ciao y Avanti Popolo (para que le suenen cuando sea mayor…), soy hijo de militantes clandestinos del PCE, oigo música que es altavoz de los problemas que tiene la sociedad hoy, trabajo y participo en un sindicato, participo del movimiento de hombres por la igualdad, participo con mucha implicación en ATTAC… es decir, que tengo claro mi posicionamiento político en la sociedad, y que a ese posicionamiento se le ha venido llamando La Izquierda.

He de confesaros que he estado un tiempo debatiéndome entre la disyuntiva que señalaba anteriormente, es decir, si reclamar para mi y presentarme, sin crispaciones, ante el resto como modelo de la defensa de una identidad ideológica que me es propia, en una sociedad que desintegra y nos “desreferencia” constantemente, o si por el contrario, atender a la necesidad de modificar nuestra estrategia, o tener una, para poder arrebatarle el único poder al que tenemos acceso los y las nadie, frente al neoliberalismo patriarcal.

Y este es el escenario de juego en el que desgraciadamente se escenifica la contienda electoral entre las fuerzas del cambio. Este es uno de los elementos que ha imposibilitado la convergencia electoral, no como elemento puesto encima de la mesa (aunque a veces incluso también), sino como ruido de fondo que alejaba de facto posturas. Desde mi punto de vista, no todos los agentes tienen la misma responsabilidad en la divergencia, ni en intensidad ni cualitativamente, pero si considero que todos ellos tienen parte de responsabilidad.

Uno de estos extremos se polariza en el entorno de Izquierda Unida y partidos de concepción clásica de la izquierda, desde donde se hace de la Identidad de Izquierdas un valor al que acudir para presentarse ante la sociedad. A mi no me resulta ni desagradable, ni vergonzoso ni me genera rechazo, todo lo contrario, lo siento mio, de mi pasta. No obstante, me asaltan dos motivos por los cuales me alejo de estas posiciones.

En primer lugar porque la sociedad para la que se definió el constructo social que denominamos “Izquierda” ya no es la misma que la de hoy. Este concepto ha ido adoptando connotaciones y significados a lo largo de su historia en función de cuales eran los análisis, las herramientas y los objetivos en cada momento. En una sociedad Industrial, el sujeto político corporeizado en el movimiento obrero tenia las herramientas del partido y del sindicato para disputarle al capital la contienda en el antagonismo capital-trabajo. Hoy es irrenunciable la incorporación al análisis, las herramientas y objetivos de otros antagonismos que completan el mapa del que se vale hoy el capital para extraer nuestra “plusvalía” y continuar el proceso de acumulación y desposesión. Además las experiencias realizadas fuera del campo de influencia capitalista, no han resultado ni satisfactorias ni respondían a los valores desde las que fueron proyectadas. Por tanto se hace necesaria una revisión de lo que significa HOY SER DE IZQUIERDA.

Por otro lado, no hemos de despreciar el hecho de que tras 30 años de hegemonía cultural neoliberal, todavía en vigor, y a través del Pensamiento Único han sido capaces de estigmatizar para el conjunto de la ciudadanía el concepto “Izquierda” (política). Por tanto se hace necesario, cuanto menos, repensar cómo nos presentamos ante la sociedad, ya que si lo que queremos es ganarle la batalla ideológico-cultural al neoliberalismo, tendremos que ser más inteligentes que ellos.

Porque al final de lo que se trata es de cambiar las condiciones materiales y de detonar un proceso de transición hacia la superación del capitalismo financiero y patriarcal. Desde mi humilde punto de vista, será en el caminar de ese camino que estaremos en disposición de volver a reclamar el concepto “Izquierda”, porque estaremos redefiniéndolo y porque, si acertamos, el “principio de realidad” jugará a nuestro favor, antes no. Hacerlo ahora, reclamar como elemento vertebrador de nuestro discurso la identidad ideológica , es facilitarle nuestra derrota a nuestro adversario. Sé que esto que escribo y pienso no es para nada fácil, y que en tanto que análisis personal se presta a contrargumentaciones y a debate, pues bien, hágase de forma respetuosa.

No obstante, en este punto me gustaría lanzar algunas preguntas: ¿Desde cuando los partidos de “izquierdas” han abandonado la necesidad de tener una estrategia para la toma del poder? Porque, ¿Se pretende conseguir el poder institucional, no? Estas son preguntas que invito a quienes se sienten identificados/as con estas posiciones, respondan si lo consideran, ahora bien, de forma RESPETUOSA.

En el otro extremo tenemos a quienes enmarcan y ubican la identidad política (de izquierdas) en el conjunto de elementos de los que nos tenemos que valer para la acumulación de fuerzas (y el rearme ideológico) y estar en disposición de derrotar en las instituciones públicas al neoliberalismo. Y en ese camino que caminar rearmarnos ideológicamente para ganar la batalla cultural. Y, ésta, la identidad, la ubican en un segundo o tercer plano. Decir aqui, que no considero que esto sea “renunciar” a tus principios, ni barbaridades por el estilo, sino que simplemente se hace bandera de otros elementos. Esos otros elementos que puedan ejercer de aglutiandores de mayorias sociales, desde la justicia, la igualdad y la solidaridad. Y para mi, y por lo expuesto hasta ahora, la veo una estrategia acertada, hoy.

De todas formas, no puedo dejar de señalar lo desafortunado de expresiones cómo las que se han realizado desde este “polo” como la del “pitufo gruñon” o qué “se vive muy cómodo fiel a tus principios inamovibles sabiendo que vas a ser minoritario“. Independientemente de que en el fondo, y por lo expuesto, pueda coincidir con lo que significan esas afirmaciones, considero que son del todo desafortunadas y que lo único que promueven es la confrontación en esa lógica patriarcal que señalaba al principio de este escrito. Aunque soy consciente que somos personas y que todas tenemos nuestras debilidades, cuando hablamos en términos de escenificación política, hemos de ser extremadamente exigentes con nosotras mismas y desde mi punto de vista estas afirmaciones están absolutamente fuera de lugar.

En cualquier caso y al margen de que se coincida con lo expuesto hasta ahora.. ¿no es posible una relación de complicidad entre diversas fuerzas llamadas a entenderse aunque se que tengan estrategias diferentes? ¿no cabría hacer un esfuerzo por despatriarcalizar las relaciones entre los agentes electorales de UN MISMO BANDO?

El desgaste que esta suponiendo el cómo se enfoca la relación entre personas y fuerzas electorales rupturistas, que habrían de concebirse cómo complementarias y no cómo contrapuestas, esta teniendo y tendrá costes muy altos para el conjunto, aunque hay ya quienes estamos pensando desde el ámbito ciudadano en la reconstrucción de las relaciones para la unidad orgánica , porque entendemos que la necesidad de los y las nadie esta por encima de todo disenso estratégico.

Carles Fons Poquet