Una redistribución de tiempos y dedicaciones para nuestra felicidad.

Cuando un hombre de principios del siglo XXI cuestiona su modelo de masculinidad, para avanzar hacia formas de ser y relacionarse más igualitarias, necesariamente ha de hacer una revisión de cómo se posiciona ante los diferentes ámbitos en los que desarrolla su vida. Tanto en el ámbito privado como en el ámbito público. En el familiar, en el relacional, en el laboral, en el de la participación en colectivo y en el personal. Y esto, si lo hacemos desde una voluntad de “tendencia a la coherencia”, necesariamente conlleva una reestructuración de tiempos y dedicaciones diferentes de las que habían venido ocupando nuestra vida hasta el momento.

Si la batalla de las mujeres a los largo de siglos ha sido, y es, el de la exigencia de reconocimiento como personas de pleno derecho y obra, a la vez que el del cambio de un sistema definido por y para hombres, la nuestra ahora, la de los hombre igualitarios, pasa por contribuir a esa deconstrucción de la sociedad androcéntrica-patriarcal y por batallar con nosotros mismos, para “entrar” en los ámbitos privados, de los cuidados y las tareas reproductivas.

Me reconozco una persona que intenta comprender el mundo desde el poso cultural que han sido capaces de construir las Izquierdas a lo largo de los tiempos. Es por esto que cuando me planteo una necesaria reestructuración de tiempos y tareas me surge, cual instrumento para la medición y estructuración de nuestras vidas, la reivindicación histórica del movimiento obrero de “ocho horas de trabajo, ocho horas de recreación y ocho horas de descanso“.

Soy consciente de que más allá del ámbito normativo, en el que se fija legalmente la jornada laboral de 40 horas semanales, la realidad dista mucho de esta distribución. En primer lugar porque la precariedad existente es la mejor forma que tiene el capital para convertir en papel mojado cualquier obligación legal, pero fundamentalmente porque esa distribución de tiempos esta proyectada desde la invisibilización y menosprecio de las tareas reproductivas.

En la sociedad y los modelos que hemos de ser capaces de construir colectivamente, no es posible continuar ocultando la aportación, fundamentalmente realizada por mujeres, de las tareas realizadas para la reproducción de la vida. Y no sólo ha de ser reconocida, sino que también ha de ser compartida de forma corresponsable con la otra mitad de la población, los hombres. La atención al cuidado y mantenimiento de nuestras casas y suministros; la atención, cuidado y educación de nuestros hijos e hijas; la atención y cuidado de nuestras personas mayores; y la atención y mantenimiento de las redes familiares y relacionales han de ser incorporadas al computo global de nuestros tiempos y dedicaciones, como elemento con el que distribuirnos el resto de ámbitos que son necesarios para el desarrollo de nuestras vidas.

En esa nueva redistribución de tiempos y dedicaciones hemos de concebir “la participación en el espacio público” de forma especial, como parte de esas tareas reproductivas. Especial, porque a diferencia del resto de tareas reproductivas, a las que los hombres hemos de prestarle más atención y dedicación, este, el espacio de la participación pública, es un espacio del que los hombres, sin retirarnos (pues somos necesarias todas las personas), hemos de ajustar nuestra forma de estar, y nuestros tiempos y dedicaciones.

Con todo, tenemos que si el concepto “normativizado” es el de “ocho horas de trabajo, ocho horas de recreación y ocho horas de descanso“, tenemos un problema, muy gordo,  ya que no contempla ni las tareas reproductivas ni la participación en el espacio público. La traducción de esta situación en nuestras vidas cotidianas es la de la insatisfacción de millones de mujeres y de aquellos hombres que buscan modelos igualitarios y comprometidos de convivencia y existencia.

“seis horas de trabajo, ocho horas de descanso y diez horas de esparcimiento, desarrollo personal, atención a los cuidados y contribución al colectivo“

Es necesario por tanto, avanzar en propuestas que contribuyan al bienestar y buen vivir de la mayoría de la ciudadanía, reformulando la distribución de tiempos. Acercándonos al paradigma de “seis horas de trabajo, ocho horas de descanso y diez horas de esparcimiento, desarrollo personal, atención a los cuidados y contribución al colectivo“.

Para ello es necesario abordar muchos cambios, entre los que considero claves los siguientes:

  • Reducción de los tiempos de trabajo. Actualización de las “ocho horas para trabajar” por “seis horas para trabajar”, por múltiples razones. Además de ser una necesidad, es posible ya que si atendemos a los exponenciales aumentos de productividad introducidos por la incorporación de las nuevas tecnologías, o a la exigencia de incorporación de las tareas reproductivas al cómputo global de nuestro tiempo, o a otros argumentos de carácter sindical o ecologista, literalmente nos va la vida en ello, tanto en el plano cuantitativo como en el cualitativo. En este sentido, existen estudios y propuestas diversas como la de 21 horas de trabajo semanales del New Economics Foundation (NEF) u otras que la fijan en 30 horas.
  • Reajuste de los tiempos de participación en colectivo. La participación política ha de concebirse como una consecuencia de nuestra convivencia en sociedad. Es decir, la política ha de concebirse como un ejercicio de ciudadanía. Los modelos de participación que nos preceden se han caracterizado por haber tenido una entrega absoluta de carácter vital, incompatibles con el desarrollo de una vida dedicada al cuidado y al desarrollo de tareas reproductivas, y por tanto han de ser cuestionados introduciendo las nuevas variables de distribución de tiempos para la felicidad, ya que lo que se pretende es la universalización de un modelo de convivencia que permita el desarrollo pleno de todas y todos.
    Para ello habrá quien haya de “salir” al espacio público para encontrarse con otros y otras y por tanto dedicarle más tiempo del que le dedica ahora, habrá también quienes tendrán que reducir su participación para poder dedicarse a otras tareas y habrá quien haya de ajustar las formas de estar y participar y las dedicaciones que les ocupen en esos espacios públicos.
  • Por último y no menos importante, es necesario un reajuste de los tiempos que le dedicamos, en tanto que hombres, a las tareas reproductivas y de cuidado. Es necesario “entrar” en el ámbito doméstico, familiar, de cuidados, prestarle atención a aquellas dedicaciones que garantizan y sustentan que se den las condiciones para producir para la sociedad.

Este, el de la redistribución de tiempos y dedicaciones, es uno de los retos con los que nos encontramos quienes queremos hacer de ésta una sociedad igualitaria, justa, digna y vivida plenamente, y necesitamos tejer alianzas con el resto de movimientos ciudadanos, partidos políticos y movimiento sindical para su consecución. En nuestra mano está avanzar en ese proceso, tanto en el ámbito privado como en el ámbito público, para que sea una realidad que puedan disfrutar los trabajadores y trabajadoras y el conjunto de la ciudadanía del presente y del futuro.

Mientras empujamos en esa dirección, estaremos preocupados y preocupadas en cómo casar los tiempos de nuestras vidas, para poder vivirlas en las mejores condiciones de igualdad, dignidad y felicidad.