Lentoperoviene

Crisis de la masculinidad y neofascismo. Llamada urgente a los hombres.

Vivimos en unos tiempos especialmente complicados. Unos tiempos en los que concurren dos fenómenos sociales que resultan especialmente peligrosos ya que su complementariedad les confiere una especial complejidad a la hora de hacerles frente.

Asistimos, por un lado al momento histórico en el que la masculinidad tradicional, entendida como la forma de ser y estar que nos confiere a cada uno de nosotros parte de nuestra identidad, está en crisis terminal, ya que dos de los elementos sustanciales de la masculinidad tradicional como son la función del hombre en tanto que proveedor y en tanto que protector, han entrado en crisis gracias a los avances en Igualdad promovidos por los feminismos. Esta situación tiene su expresión en la desubicación de gran cantidad de hombres por su pertenencia a una sociedad en la que las mujeres, a través de los movimientos feministas, han conseguido ir conquistando con sudor y sangre derechos negados, y nos han ido acercando a una concepción igualitaria de la ciudadanía en la que no necesitan, ya más nunca, ni protección, ni ser proveídas. Dicho de otra forma: Hombres que son vulnerables en lo que se refiere a su autoidentificación como tales por la crisis del papel que ha jugado hasta el momento la masculinidad.

Por otro lado asistimos, de forma concurrente con esa crisis de la masculinidad, a un momento en el que la crisis-estafa financiera, provocada por la aplicación del programa político neoliberal a escala mundial desde las potencias económicas occidentales, ha generado un mapa social de exclusión, en el que la precariedad se ha instaurado como norma, y en él que muchos hombres han quedado desahuciados de un sistema, que la opción que les ofrece es la explotación a través de la precariedad estructural. Teniendo en cuenta que el trabajo es otro de los elementos sustanciales de la identidad masculina tradicional, la desubicación de los hombres se agrava aún más ante la falta de posibilidad de autorrealización a través de una actividad que les reafirma identitariamente y proporciona sustento de vida.

Es decir, tenemos por un lado “hombres que son vulnerables en lo que se refiere a su identificación como tales, en momentos de crisis de la masculinidad” y que además se ven ante la “falta de posibilidad de autorrealización a través de una actividad que les reafirma identitáriamente”.[1]

La conjunción de estos dos elementos puede activar una serie de mecanismos personales a través de los cuales se acuda a la “esencia de la masculinidad (patriarcal)” de manera referencial ante el vértigo que provoca una crisis existencial de estas caracteristicas. Ante una situación de crisis acudir a la esencia de aquello que está en crisis como “zona de confort”, es comprensible. Ahora bien, si tu zona de confort esta basada en la muerte, explotación y sometimiento de la mitad de la población, deja de ser comprensible y pasa a ser despreciable.

No obstante, sucede que muchos de esos hombres que su situación esta inscrita en el paradigma descrito, son susceptibles de ser atraídos, coincidiendo con la búsqueda de referentes que proporcionen identidad, por discursos que reafirmen el orden (patriarcal) establecido y se vean interpelados por los reclamos “heroicos” a la defensa de los valores y esencia tradicionales. Y ya tenemos en nuestra sociedad una organización constituida para tal fin, y además con capacidad para irradiar en el conjunto de las derechas su discurso neofascista. De hecho, dos de las ideas fuerza hasta ahora mostradas en sus discursos son la identidad nacional, instituyéndose (incluso corporalmente) como la milicia que garantice la imposición de esa forma de estar y convivir, y la defensa de los privilegios del hombre, camuflados discursivamente como la “defensa de los derechos del hombre”.

Son especialmente peligrosos ya que en la era de la postverdad cuentan con la ingeniería comunicativa del capital, desarrollando estrategias comunicativas de nuevo tipo que pueden tener su alcance. Es por ello que estamos obligados (y obligadas) a estar atentos tanto a la forma, como al contenido de su discurso. Sin que nos marque agenda, pero conscientes de sus tácticas.

En relación al contenido cabe señalar que su discurso no es plano, sino que esconde objetivos no declarados, es decir no reafirma directamente el privilegio concedido a la masculinidad de disponer de la vida de las mujeres, sino que su dialéctica se dirige al ensalzamiento de aquellos valores, de la masculinidad patriarcal, que los hombres identifican como propios, y que les facilita frente a sus iguales hombres “garantía de hombría”[2]. Y eso conecta con la vulnerabilidad que puede provocar la crisis de la masculinidad existente.

Es por esto que es necesario identificar colectivamente que lo que está produciéndose es una pugna ideológica, en el campo de lo simbólico y de lo pragmático, sobre cómo abordamos la caracterizada Crisis de la Masculinidad. Y a su vez, identificar que sólo caben dos posiciones para salir de ella:

– o por la vía reaccionaría, reafirmándose y reformulando los modelos patriarcales para la perpetuación de la opresión, o

– por la vía de la búsqueda de la Igualdad, asumiendo la toxicidad de la masculinidad tradicional y creando formas igualitarias de ser y estar en la sociedad en tanto que hombres

No quiero dejar de señalar otro de los peligros que esta situación conlleva, ya que, en un momento de posibilidad de cambio, en el que lo sucedido a partir del 15M en el estado español ha abierto una ventana de oportunidad, surge una fuerza neofascista, que marca la agenda y el discurso a las derechas políticas, económicas y sociales, y que interpela directamente a esa vulnerabilidad masculina de muchos hombres de esta sociedad, y que por tanto, pone en serio peligro la posibilidad de que se produzca un cambio político que facilite la superación de las desigualdades de todo tipo.

Esto sucede sin haber articulado, todavía, un movimiento de hombres igualitarios capaz de hacerle frente en esa pugna ideológica, que me temo llevamos perdiendo por inasistencia del oponente. Es cierto que desde el ámbito académico e intelectual se está generando solidez discursiva para la articulación política del movimiento de hombres por la igualdad, pero necesitamos que “cuaje” esa articulación, necesitamos que el conjunto de hombres de esta sociedad se sume a la forma de resolver esta crisis de nuestras masculinidades de forma igualitaria. Esa que nos posibilitará, junto a nuestras compañeras, avanzar hacia una sociedad igualitaria.

Necesitamos elevar a categoría política las masculinidades igualitarias para estar en disposición de disputar en el terreno ideológico frente a los discursos reaccionarios, patriarcales y neofascistas la resignificación de la masculinidad y la relación con nuestras compañeras, con el conjunto de diversidades existentes en el mapa humano y con la propia madre tierra.

Necesitamos que el conjunto de hombres de nuestra sociedad salgamos de una vez de nuestras zonas de confort, de nuestros silencios que se convierten en cómplices con el patriarcado, y nos miremos al espejo, individual y colectivamente, preguntándonos si queremos continuar contribuyendo a la barbarie patriarcal que nos sitúa en posición de dominación y privilegio (en el acceso a un puesto de trabajo, en los salarios, en las tareas domesticas y de cuidados, en nuestra sobrerepresentación en el espacio público, en nuestras relaciones con las mujeres, en la utilización de nuestros tiempos, …) o si por el contrario queremos ser participes de la construcción de una sociedad igualitaria, en la que seamos capaces de desterrar la opresión, la exclusión y las desigualdades de todo tipo.

Por las mujeres de nuestra sociedad, por las próximas generaciones y por nosotros mismos, es momento de desarrollar modelos igualitarios de masculinidad, de forma individual y colectiva, ya que el fantasma que asoma en el horizonte es el triunfo del discurso neofascista.

Hemos de sumar a los esfuerzos de nuestras compañeras feministas y del conjunto de organizaciones políticas, sindicales y ciudadanas, nuestra capacidad colectiva de transformación: Participa en reuniones de hombres por la igualdad, lee textos feministas en los que nuestras compañeras han descrito cómo opera el patriarcado en la construcción de nuestras formas de ser y estar en sociedad, acude a las movilizaciones que convocan nuestras compañeras (en el papel que nos toca) y a las que convocamos desde el movimiento de hombres por la igualdad.

Salgamos colectiva e individualmente de nuestras “zonas de confort” y asumamos el compromiso de deshacernos de toda conducta nociva y tóxica que viene incorporada en nuestros procesos de construcción como hombres.

Es posible y , además, urgente y necesario.

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[1] Cabe señalar que lo que pretendo señalar sobre la falta de acceso al trabajo es el efecto que tiene sobre la identidad de la gran cantidad de hombres de esta sociedad, sin obviar el efecto en el ámbito material que tiene sobre la vida de las personas el drama de la precariedad estructural. Así como tampoco es mi voluntad invisibilizar que quien peor parte se lleva de esta situación son las mujeres, doblemente precarizadas y oprimidas, por el capitalismo y el patriarcado.

[2] Otro de los elementos claves de la construcción de la masculinidad patriarcal es la necesidad constante de definirse por contraposición a la mujer y esta situación obliga, también constantemente, a demostrar la “hombría”, es decir según la RAE “Cualidad de hombre”.

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